. ¿Sabías que las hoy muy famosas
agencias de calificación o de rating tuvieron su origen en el mundo del ferrocarril?
Efectivamente, dentro de las
más famosas de este tipo de agencias nos encontramos a Standar & Poor’s
y a Moody’s . La primera de ellas fue fundada por Henry Varnum POOR quien
publicara, allá por 1860, un libro titulado History of Railroads and Canals in
the United States que se encargaba de examinar las finanzas presentes y
previsibles de las compañías de ferrocarril en los Estados Unidos de Norteamérica.
Tanto en aquél país como en
el resto del mundo la aparición del ferrocarril inició también grandes negocios
alrededor del mismo, muchos de ellos totalmente fraudulentos donde lo único que
se buscaba era recabar capitales ajenos con promesas de beneficios futuros que,
en muchas ocasiones, no eran más que elaborados engaños tal como sucediera con
anterioridad con las compañías marítimas y todo tipo de negocios alrededor de
los cuales se creaban grandes expectativas sin fundamento futuro (lo que hoy conocemos
como burbujas) que, en muchas ocasiones, terminaban explotando y atrapando a
muchos inversores.
Para intentar evitar estos
abusos comienzan a aparecer agencias que clasifican las emisiones de estas
compañías ferroviarias analizando tráficos futuros, deudas a reembolsar, etc.
etc. para poder orientar al inversor sobre qué rentabilidad sería la adecuada a
solicitar para cada emisor en concreto, siendo más baja para emisores con una
acreditada solvencia y beneficios futuros previsibles y mayor para aquéllos
otros emisores cuyos negocios parecen más arriesgados.
También la agencia Moody’s,
creada por John Moody en 1900, publicó un libro titulado “Analyses of Railroad
Investments” (1909) donde no solo se conforma con recoger y dar información
sobre las empresas sino que comienza a analizarlas y hacer previsiones a futuro
sobre las mismas para poder orientar a las potenciales inversores.
Posteriormente estas agencias se encargarían de analizar otro tipo de negocios
e instituciones, entre otros, a los propios países que emiten deuda.
Unos y otros clasifican a
estos emisores otorgándoles determinada nota, que representan con determinada
combinación de letras (AAA, Aaa , B, etc) después de analizar las variables más
significativas que presenta el emisor: beneficios futuros, déficit, etc. etc.
Las calificaciones varían desde una máxima para emisores a los que se prevé no
tengan dificultad en devolver el dinero prestado y al que exigirán el tipo de
interés más reducido posible, de acuerdo con el momento y circunstancias dadas,
hasta llegar a los denominados emisores a los que no se les otorga mucha
fiabilidad llegando incluso a calificar a sus emisiones como “bonos basura”, es
decir bonos con una alta probabilidad de que no cumplan o con el pago de los
intereses o con el capital principal, etc. etc. Aquí ya no se analizan sus
emisiones desde el punto de vista de la rentabilidad sino ya de la mera
especulación. A estos emisores se les “exige” un interés mucho mayor. Las
personas que los compran y venden saben que pueden soportar grandísimas
pérdidas pero también, pingües beneficios.
A la vista de lo que sucede
hoy en día, quizás sería más conveniente que estas compañías se dedicaran, de
nuevo, a analizar la rentabilidad futura de tanta y tanta línea de ferrocarril
que se nos ofrecen como “imprescindibles y generadoras de grandes beneficios
futuros” cuando finalmente devienen en grandes acaparadoras de recursos
públicos que, finalmente son, como tantas y tantas realizaciones en el pasado,
meras ilusiones.
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